Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La navegación se hizo, pues, más delicada en medio de aquellos témpanos frÃos y pálidos llenos de excrementos de pájaros. Algunos tenÃan apariencia leprosa. Su volumen era ya tan considerable que nuestro navÃo parecÃa muy pequeño, pues algunos de estos icebergs dominaban su arboladura. Las formas que afectaban estos témpanos variaban hasta lo infinito. El efecto era maravilloso cuando, disipadas las brumas, reverberaban como enormes diamantes a los rayos solares. Algunas veces se dibujaban en colores rojizos, cuyo origen no está exactamente fijado, coloreándose luego con matices violeta y azul probablemente debidos a los efectos de la refracción.
No dejaba yo de admirar aquel espectáculo tan notablemente descrito en la relación de Arthur Pym: aquà pirámides de agudas puntas; allà moles redondeadas como las torres de una iglesia bizantina, o abultadas como las de una iglesia rusa; mamelas que se erguÃan; dólmenes en tablas horizontales; kromlechs, menhirs, en pie como en el campo de Karnac; vasos rotos, copas boca abajo; en fin, cuanto la imaginación ve algunas veces en la caprichosa disposición de las nubes... ¿Acaso las nubes no son los témpanos errantes del mar celeste?