Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Era, pues, indispensable, poner el cabo al Sudeste y navegar por entre aquellos témpanos, cuidando de ser arrastrado hacia la muralla de hielo, pues elevarse en seguida hubiera presentado serias dificultades.
Jem West ordenó halar las vergas, de forma de tomar el viento lo más cerca posible. La tripulación, maniobró rápidamente, y la goleta con una velocidad de siete a ocho millas, inclinada sobre estribor, lanzóse entre los bloques esparcidos por su camino. Sabía evitar el contacto de ellos cuando el encuentro hubiera sido lastimoso, y cuando no se trataba más que de delgadas sábanas de hielo les desgarraba con su tajamar, haciendo el oficio de ariete. Después de una serie de rozamientos, que hacían a veces estremecer todo su casco, la Halbrane encontraba las aguas libres. Lo esencial era evitar los choques contra los ice-bergs. Ninguna, dificultad había para evolucionar, bajo un cielo claro que permitía maniobrar a tiempo, ya para aumentar la velocidad de la goleta, ya para disminuirla. Sin embargo, con las frecuentes brumas que limitaban a una o dos encabladuras el campo de vista, la navegación no dejaba de ser peligrosa.
Pero, aparte de aquellos ice-bergs, ¿no corría la Halbrane el riesgo de ser abordada por los ice-fields? Indudablemente, y el que no lo ha observado, no puede imaginarse que grado de poder alcanzan estás masas en movimiento.