Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Aquella tabla de encina, de cinco a seis pies de largo y seis pulgadas de anchura, debía de haber pertenecido a una embarcación de grandes dimensiones. Tal vez a un navío de varios centenares de toneladas. La pintura negra que en otra época la cubría había desaparecido bajo la especie de costra formada por la intemperie. Parecía provenir de la popa de un barco. El contramaestre lo hizo notar así.
-¡Sí, sí!-repitió el capitán Len Guy.
-¡Formaba parte de una tabla de popa!
Hunt, siempre arrodillado, movía su gruesa cabeza en señal de asentimiento.
-Pero...-dije yo-esta tabla no ha podido ser arrojada al islote Bennet sino después de un naufragio. Es preciso que las contracorrientes la hayan encontrado en alta mar, y...
-¡Si fuera!...-exclamó el capitán.
Ambos habíamos tenido la misma idea.
¡Cuál fue nuestra sorpresa, nuestro estupor, nuestra indecible emoción, cuando Hunt nos mostró siete u ocho letras escritas sobre la tabla-no pintadas, sino grabadas-, y que se sentían bajo los dedos!
Fácil nos fue reconocer las letras de dos nombres, dispuestas en dos líneas, de este modo:
AN
LI E POL