Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La brisa que nos empujaba era muy débil, y a menudo las velas deshinchadas golpeaban en los mástiles. Por fortuna, un sondaje indicó que la corriente se propagaba invariablemente hacia el Sur. Verdad que, dada la lentitud de la marcha, el capitán Len Guy no debía ver el yacimiento de la isla Tsalal antes de treinta y seis horas. Durante aquel día observo muy atentamente las aguas del mar, que me parecieron de un azul menos obscuro que a Arthur Pym. Tampoco habíamos encontrado ninguno de aquellos erizos de líneas rojas que fueron recogidos a bordo de la Jane, y el semejante de ese monstruo de la fauna austral, un animal de tres pies de largo y seis pulgadas de alto, con cuatro patas cortas y pies terminados en garras de color de coral, cuerpo sedoso y blanco, cola de ratón, cabeza de gato, orejas de perro y dientes rojos.
Por lo demás, yo siempre consideré gran parte de estos detalles como sospechosos y únicamente debidos a un exceso de imaginación. Sentado en la popa, con el libro de Edgard Poe en la mano, yo leía, no sin advertir que Hunt, cuando su servicio le llamaba cerca de donde yo estaba, me miraba con singular obstinación.