Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Precisamente estaba yo en el final del capítulo XVII, en el que Arthur Pym se reconocía responsable de los tristes y sangrientos sucesos, que fueron el resultado de sus consejos. Él fue, en efecto, quien venció las dudas del capitán Len Guy, arrastrándole a aprovechar una ocasión tan tentadora para resolver el gran problema, relativo a un continente antártico. Por lo demás, aceptando está responsabilidad, ¿no se felicitaba de haber sido la causa de un descubrimiento y haber servido en alguna forma para poner ante los ojos de la ciencia uno de los más entusiasmadores secretos que jamás hayan atraído su atención?

Durante aquel día vimos gran número de ballenas. Igualmente innumerables albatros, con el vuelo siempre hacia el Sur. Témpanos, ninguno. Por cima de los extremos límites del horizonte, no se distinguía ni aun la reverberación del blink de los ice-fields.

El viento no marcaba tendencia a refrescar, y algunas brumas velaban el sol.

Eran las cinco de la tarde, cuando los últimos perfiles del islote Bennet se borraron. ¡Qué poco camino habíamos hecho desde la mañana!

La brújula, observada de continuo, no daba más que una insignificante variación, lo que confirmaba la relación de Edgard Poe.


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