Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Desde que el ancla fue enviada a fondo, se extremó la vigilancia. Los cañones estaban cargados, los fusiles al alcance de la mano, las redes de abordaje dispuestas. La Halbrane no corría el riesgo de ser sorprendida. Todos los ojos vigilaban a bordo, particularmente los de Hunt, que ni por un instante se apartaron del horizonte de la zona austral.
XVI
La noche transcurrió sin alarma. Ningún bote había abandonado la isla. Ningún indígena se mostraba en el litoral. De aquí podía, deducirse que la población debía ocupar el interior, y, efectivamente, sabíamos que era menester caminar tres o cuatro horas antes de tocar el principal pueblo de Tsalal.
En suma: la presencia de la Halbrane no había sido notada, y esto era lo mejor que podía suceder. Anclamos, a tres millas de la costa, en diez brazas de fondo.
A las seis se levó el ancla, y la goleta, empujada por la brisa de la mañana, fue a anclar nuevamente a media milla de un banco de coral, semejante a los anillos coralígenos del Océano Pacífico. Desde aquella distancia dominaba la isla en toda su extensión.