Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Verdad que si Arthur Pym no se había engañado sobre este yacimiento expresado en grados y en minutos, ¿qué se debía pensar de lo fiel de su relación, en lo que concierne a la región que nuestra gente atravesaba bajo la dirección de Hunt?

El habla de cosas extrañas que no le eran familiares; de árboles cuyo producto no se parecía a los de la zona tórrida, ni a los de la zona templada, ni a los de la zona glacial del Norte, ni a los de las latitudes inferiores meridionales: éstas son sus palabras. Habla de rocas de estructura nueva, ya por su masa, ya por su estratificación. Habla de prodigiosos arroyos, cuyos lechos contenían un líquido indescriptible, sin limpidez alguna, especie de disolución de goma arábiga, dividida en venas que ofrecían los cambiantes de la seda, y que la fuerza de la cohesión no aproximaba, como si la hoja de un cuchillo las hubiera dividido.

Pues bien... Nada de esto habla, nada. Ni un árbol, ni un arbusto se mostraba en el campo. Las colinas cubiertas de bosques, donde debía estar el pueblo de Klock-Klock, no aparecía. De aquellos arroyos en los que los tripulantes de la Jane no se habían atrevido a apagar su sed, yo no veía uno, ni una gota de agua común. Por todas partes la desoladora, la horrible, la absoluta aridez.


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