Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Hunt marchaba rápidamente sin mostrar vacilación. ParecÃa que su instinto natural le empujaba, al modo que las golondrinas, esos pájaros viajeros, vuelven a sus nidos por el camino más corto, con vuelo de abeja, como decimos en América. ¡No sé qué presentimiento nos arrastraba a seguirlo como al mejor de los guÃas, un Bas de Cuir, un Renard-Subtil! Y después de todo, ¿era tal vez compatriota de estos héroes de Fenimore Cooper?
Pero no me cansaré de repetirlo: no tenÃamos ante los ojos la fabulosa, comarca descrita, por Arthur Pym. Nuestros pies pisaban un suelo convulsionado, quebrado. Era negro, sÃ, negro y calcinado como si hubiera sido vomitado de las entrañas de la tierra bajo la acción de fuerzas plutónicas. Hubiérase dicho que algún espantoso e irresistible cataclismo lo habÃa conmovido en toda su superficie. Respecto a los animales de que en la mencionada relación se habla, ni uno solo veÃamos; ni las ánades de la especie anas valisneria, ni las tortugas-galápagos, ni las bubias negras, ni esos pájaros negros también, semejantes a los busardos, ni los puercos negros de cola en forma de mazorca y patos de antÃlope, ni esa especie de carneros de lana negra, ni los gigantescos albatros de negro plumaje. Los mismos pingüinos, tan numerosos en los parajes antárticos, parecÃan haber huido de aquella tierra inhabitable... ¡Aquello era la soledad silenciosa y pasada del más horrible desierto!