Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Allí se amontonaban pedazos de huesos, esternones, tibias, fémures, vértebras, restos de esqueletos sin hilacha de carne, montones de cráneos con algunos cabellos. En fin, amasijo espantoso que blanqueaba aquel sitio. Ante el formidable osario, espantoso horror se apoderó de nosotros.
¿Era aquello lo que restaba de la población de la isla, evaluada en varios millares de individuos? Pero si habían sucumbido todos en el terremoto, ¿cómo explicar que aquellos restos estuvieran esparcidos por la superficie del suelo y no enterrados en las entrañas del mismo? Además, ¿se podía admitir que los indígenas, hombres, mujeres, niños y viejos, hubiesen sido sorprendidos hasta el punto de no tener tiempo de ganar con sus embarcaciones las otras islas del grupo?
¡Quedamos inmóviles, desesperados, incapaces para pronunciar una palabra!
-¡Mi hermano!... ¡Mi pobre hermano!-repetía el capitán Len Guy, que acababa de arrodillarse.