Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Desembarcamos en el mismo sitio que la víspera, y Hunt se dirigió de nuevo hacia la colina de Klock-Klock. Una vez allí subimos por la estrecha quebrada, por la que Arthur Pym, Dirk Peters y el marinero Allen, separados de William Guy y de sus veintinueve compañeros, se lanzaron al través de la hendedura agujereada en una sustancia jabonosa, especie de esteatita bastante frágil. En aquel sitio no había vestigios de las paredes que habían debido desaparecer en el terremoto, ni de la hendedura cuyo orificio sombreaban entonces algunos avellanos, ni del sombrío corredor que conducía al laberinto en el que Allen murió asfixiado, ni de la terraza desde la que Arthur Pym y el mestizo habían visto el ataque de las canoas indígenas contra la goleta y oído la explosión que causó millares de víctimas.
Nada quedaba de la colina hundida en la catástrofe de la que el capitán de la Jane, su segundo, Patterson y cinco de sus hombres habían podido librarse.
Lo mismo pasaba con el laberinto cuyos anillos entrecruzados formaban letras, y estas palabras, que, unidas componían una frase reproducida en el libro de Arthur Pym; frase cuya primera línea significaba: «ser blanco», y «región del Sur», la segunda.