Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En efecto, algunas semanas más, y el invierno antártico traerÃa su cortejo de intemperies y frÃos. Aquella mar, actualmente libre, se congelarÃa y no serÃa navegable. Quedar prisionero en medio de los hielos durante siete u ocho meses, sin tener seguridad de acostar en ninguna parte, ¿no harÃa retroceder a los más valientes? ¿TenÃan los jefes de la tripulación el derecho de arriesgar la vida de ésta por la débil esperanza de recoger a los sobrevivientes de la Jane?
En esto habÃa pensado el capitán Len Guy desde la vÃspera. Después, con el corazón herido, y sin esperanza de encontrar a su hermano y a sus compatriotas, acababa de ordenar, con voz temblorosa por la emoción:
-¡Mañana, al alba, partiremos!
En mi opinión, le era preciso tanta energÃa moral para volver atrás como la que habÃa mostrado para ir hacia adelante. Pero su resolución estaba tomada, y él sabrÃa esconder en sà el inexpresable dolor que le causaba el mal resultado de aquella campaña.
En lo que a mà se referÃa, confieso que experimenté un vivo descorazonamiento y un intenso disgusto ante la idea de que nuestra expedición terminara de tan desconsoladora manera. Después de haberme unido tan apasionadamente a las aventuras de la Jane, hubiera querido no suspender las pesquisas de los continentes al través de los parajes de la Antártida.