Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Decididamente, desde que había resuelto tomar parte en la campaña de la Halbrane yo no era el mismo, el hombre práctico y razonable de otra época.¿Cómo? ¿A propósito de Arthur Pym sentía yo latir mi corazón como latía el de Dirk Peters? ¿Al abandonar la isla Tsalal, para ir al Norte, hacia el Atlántico, se apoderaba de mí la idea de que esto era olvidarse de un deber de humanidad, el deber de ir en socorro de un infeliz abandonado en los helados desiertos de la Antártida?
Verdad que pedir al capitán Len Guy que aventurase la goleta más allá de aquellos mares; obtener este nuevo esfuerzo de la tripulación después de tantos peligros perdidos para todo, fuera exponerse a una negativa, y al cabo mi intervención sobraba entonces. Y, sin embargo, yo comprendía que Dirk Peters contaba conmigo para defender la causa del pobre Pym.
Un largo silencio siguió a la declaración del mestizo. Nadie pensaba en sospechar de la veracidad de éste. Había dicho: Yo soy Dirk Peters. Era Dirk Peters.