Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos El capitán Len Guy no volvió a hacer uso de la palabra sino después de haber reflexionado algunos, instantes.
-Y más allá del 84 grado, Dirk Peters-dijo,-¿es cierto que el horizonte está cerrado por esa cortina de vapores, de la que en el libro de Edgard Poe se habla? ¿La has visto tú con tus propios ojos, y también esas cataratas aéreas y ese abismo en el que se perdió la canoa de Arthur Pym?
Después de mirarnos a unos y a otros, el mestizo meneó su enorme cabeza.
-No sé... - dijo.-¿Qué me pregunta usted, capitán? ¿Una cortina de vapores? SÃ... Tal vez... y también apariencias de tierra hacia el Sur...
Evidentemente, Dirk Peters no habÃa leÃdo el libro de Edgard Poe, y hasta era probable que no supiera leer. Después de haber entregado el diario de Arthur Pym, él no se habÃa preocupado de su publicación. Retirado a Illinois primero, y a las Falklands después, nada sospechaba del ruido que la obra habÃa hecho, ni del fantástico e inverosÃmil desenlace dado por nuestro gran poeta a aquellas aventuras. Y, además, ¿no era posible que Arthur Pym, con su propensión a lo sobrenatural, hubiera creÃdo ver cosas prodigiosas, únicamente debidas al exceso de su imaginación?