Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Jem West, había pensado en ponerse al pairo durante el tiempo que durase la exploración del islote; pero con la viva corriente que arrastraba al Sur, la goleta hubiera derivado. Era, pues, mejor anclar cerca del grupo. La mar estaba allí en calma, y el aspecto del cielo no hacía temer un cambio atmosférico.
Una vez que el ancla se hincó, entramos en uno de los botes el capitán Len Guy, el contramaestre, Dirk Peters, Martín Holt, dos hombres y yo.
Un cuarto de milla nos separaba del primer islote, fue franqueado, rápidamente al través de estrechos pasos. Las puntas rocosas se cubrían y descubrían con las oscilaciones de las olas. Barridas, lavadas y relavadas, no podían haber conservado ningún indicio que permitiese asignar al terremoto una época determinada. Repito que en este asunto no cabía duda alguna en nuestro espíritu.