Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La canoa se lanzó entre las rocas. Dirk Peters al timón, procuraba evitar los choques entre los arrecifes. El agua transparente y en calma dejaba ver, no un fondo de arena sembrado de conchas, sino negruzcos bloques tapizados de hierbas terrestres, de esas plantas que no pertenecen a la flora marítima, algunas de las cuales flotaban en la superficie del mar. Esto constituía una prueba de que el suelo donde habían brotado se había hundido recientemente.
-Cuando la embarcación tocó en el islote, uno de los hombres echó el arpón, cuyas puntas encontraron terreno a que agarrarse, y el desembarco pudo efectuarse sin dificultad. Así, pues, aquel sitio había sido el yacimiento de una de las grandes islas del grupo, actualmente reducida a un óvalo irregular, que medía 150 toesas de circunferencia y emergía unos 20 a 30 pies sobre el nivel del mar.
-¿Acaso las marcas se elevan alguna vez a esa altura? pregunté al capitán Len Guy.
-Nunca-me respondió;-y tal vez descubriremos en el centro de este islote algunos restos del reino vegetal, ruinas de casas o campamentos.
-Lo mejor que podemos hacer-dijo el contramaestre-es seguir a Dirk Peters, que ya va algo lejos. Ese diablo de mestizo es capaz de ver con sus ojos de lince lo que nosotros no veríamos.