Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Durante la mañana, los últimos islotes del archipiélago desaparecieron en el horizonte. La mar se ofrecía tal como la habíamos visto desde el islote Bennet, sin un solo pedazo de hielo, lo que se explica, porque la temperatura del agua marcaba 44º (6º 11c. Sobre cero). La corriente, muy acentuada, cuatro o cinco millas por hora, se propagaba de Norte a Sur con regularidad constante.

Bandadas de pájaros animaban el espacio; invariablemente las mismas especies; martines-pescadores, pelícanos, petreles, albatros. Debo, no obstante, confesar que estos últimos no presentaban las dimensiones gigantescas indicadas en el diario de Arthur Pym, y ninguno lanzaba ese sempiterno tékéli-li, que, por lo demás, parecía ser la palabra más usada en la lengua de Tsalal.

Durante los dos días siguientes no ocurrió nada de particular. No se señaló tierra ni apariencia de ella. Los hombres de a bordo hicieron fructuosa pesca en aquellas aguas donde pululaban escaros, merluzas, rayas, congrios, delfines de azulado color y otros varios pescados. Los talentos combinados de Hnrliguerly y Endicott variaron agradablemente la lista de la comida, y yo opino que convenía dar iguales gracias a los dos amigos en aquella colaboración culinaria.


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