Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Hacía varios días que yo no había visto al mestizo, o por lo menos, que no había cambiado palabra con él. Evidentemente le habían puesto en cuarentena, y así que aparecía en el puente, todos se apartaban de él. Iba a ponerse de codos en la baranda, y los demás se dirigían a estribor. Sólo el contramaestre, afectando no alejarse, le dirigía la palabra. Verdad que sus preguntas quedaban sin respuesta. Debo advertir, además, que a Dirk Peters no parecía preocuparle tal situación. Absorto en sus obsesionantes pensamientos, tal vez no advertía nada. Lo repito: si hubiera oído a Jem West gritar: «¡Cabo al Norte!», no sé a qué actos de violencia se hubiera entregado.
Como parecía evitar mi presencia, yo me preguntaba si no provenía esto de cierto sentimiento de reserva y «para no comprometerme más».
Sin embargo, en la tarde del 17 el mestizo manifestó intención de hablarme, y... ¡jamás! ¡No! ¡Jamás hubiera yo podido imaginar lo que iba a saber por aquella conversación!
Un poco fatigado, y no sintiéndome bien, acababa yo de entrar en mi camarote, cuyo tragaluz lateral estaba abierto, mientras el de atrás estaba cerrado.
Dieron un ligero golpe a la puerta.
-¿Quién es?-pregunté.
-Dirk Peters.
-¿Quiere usted hablarme?