Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Cuando los mapas dan detalles sobre la hidrografÃa de las costas, sobre la naturaleza de los sitios propios para desembarcar, sobre las bahÃas o ensenadas, se puede navegar con cierta audacia. En otra región cualquiera, sin ser motejado de temerario, un capitán no hubiera dejado para el siguiente dÃa la orden de anclar cerca de la ribera. ¡Pero aquà era preciso tanta prudencia! ¡Y, sin embargo, ante nosotros no habÃa obstáculo alguno!... Además, la atmósfera no debÃa perder su claridad durante la noche. En la época en que nos encontrábamos, el astro radioso no se ponÃa aun en el horizonte del Oeste, y sus rayos bañaban con incesante luz el vasto dominio de la Antártida.
El libro de a bordo consignó, a partir de esta fecha, que la temperatura no cesó de experimentar continua baja. El termómetro expuesto al aire y a la sombra no marcaba más que treinta y dos grados (0º c). Sumergido en el agua, no indicaba más que veintiséis (3º 33 c. bajo cero). ¿De dónde provenÃa este descenso encontrándonos en pleno verano antártico? Fuera la que fuera la causa, los marineros habÃanse visto en la necesidad de volver a ponerse sus vestidos de lana, que habÃan dejado un mes antes, después de franquear el banco de hielo.