Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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La goleta avanzó dos o tres millas, sin procurar aumentar su velocidad. ¿La costa vista por vez primera se desarrollaba del Noroeste al Sudeste? Ninguna duda sobre este punto. Sin embargo, los anteojos no podían recoger ningún detalle, ni aun después de tres horas de navegación. La tripulación, colocada en la proa, miraba sin dejar traslucir sus impresiones. Jem West, después de haberse izado a las barras del mástil de mesana, donde había permanecido diez minutos en observación, no había aportado detalle alguno preciso. Colocado a babor, y de codos sobre la baranda, yo seguía con la mirada la línea del cielo y de la mar, cuyo círculo solamente al Este se interrumpía. En aquel momento el contramaestre se reunió a mí, y sin mas preámbulo me dijo:

-¿Me permite usted que le diga lo que pienso, señor Jeorling?

-Dígalo usted, salvo que yo no participe de su idea si no la creo justa-respondí.

-Lo es, y a medida que nos acerquemos, preciso será estar ciego para no verlo.

-¿Y qué es lo que usted piensa?

-Que no es una tierra lo que se presenta ante nosotros, señor Jeorling.

-¿Dice usted?

-Mire usted con atención colocando la mano ante los ojos. Espere usted. Por la serviola de estribor.


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