Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos No pude conciliar el sueño. Obsesionábanme crueles pensamientos. Mi imaginación, tan reposada en otra época, estaba sobrexcitada. Creo que la constante lectura de las obras de Edgard Poe y el medio extraordinario en que sus héroes realizaron sus aventuras habían ejercido sobre mí una influencia, de la que no me daba cabal cuenta. Al siguiente día iban a terminar las cuarenta y ocho horas, última limosna que la tripulación concedía a mis instancias.
-¿No marcha la cosa como usted desea?-me había dicho el contramaestre en el momento en que yo penetraba en el rouf.
No, puesto que la tierra no se presentaba tras la flotilla de los icebergs, y el capitán Len Guy pondría al siguiente día el cabo al Norte.
¡Ah!... ¡Que no fuera yo el amo de la goleta! ¡Si la hubiera podido comprar, aun a precio de toda mi fortuna; si aquellos hombres hubieran sido esclavos míos que yo hiciera obedecer a latigazos, la Halbrane no hubiera abandonado jamás aquella campaña, así hubiera tenido que llegar hasta el punto de la Antártida sobre el que la cruz del Sur arroja sus resplandecientes luces!