Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Pude observar que desde la víspera, a partir del momento en que la dirección del Sur había sido abandonada para cortar la línea de los icebergs, en la actitud habitual del mestizo habíase operado brusco cambio. La mayor parte del tiempo permanecía al pie del palo de mesana, y no se levantaba más que para echar mano a alguna maniobra, sin demostrar en su trabajo ni el celo ni la vigilancia de otra época. Parecía desanimado. No porque hubiera renunciado a creer que su compañero de la Jane vivía, pues pensamiento tal no podía nacer en su cerebro... Pero, por instinto, comprendía que, siguiendo la dirección que seguíamos, no se encontrarían las huellas del pobre Pym.
« Señor-me hubiera dicho.-Compréndame... No es allí... No es allí... »
¿Y qué hubiera yo podido responderle?
A las siete de la tarde se levantó una bruma bastante espesa, que iba a hacer mala y peligrosa la navegación de la goleta.
Aquel día de emociones, de ansiedad, de alternativas crueles, me había puesto algo enfermo. Así, pues, entré en mi camarote, y vestido me tendí en mi catre.