Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos La tripulación maniobraba en silencio cuando Jem West, con voz breve, daba la orden de evolucionar al través de los pasos. No obstante a pesar de la continua vigilancia, a pesar de la habilidad de los marineros y de la pronta ejecución de las maniobras, de vez en cuando se producían peligrosos frotamientos contra el casco, que dejaba a su paso grandes manchas de alquitrán sobre aquellos icebergs. Y en verdad, el más valiente no podía evitar un sentimiento de terror al pensamiento de que el agua hubiera podido invadirnos... Conviene notar que la base de aquellas montañas flotantes era muy acantilada. Un desembarco hubiera sido impracticable. Así no veíamos ninguna de esas focas, de ordinario tan numerosas en los parajes donde abundan los ice-fields, ni bandadas de esos pingüinos que en otra época la Halbrane hacía caer por millares a su paso. Los mismos pájaros parecían más raros y asustadizos.
De aquellas regiones desoladas y desiertas emanaba una impresión de angustia y de horror, a la que ninguno de nosotros podía sustraerse. ¿Cómo conservar la esperanza de que los sobrevivientes de la Jane, si habían sido arrastrados a aquellas espantosas soledades, hubieran podido encontrar refugio en ellas y asegurar su existencia? Y si la Halbrane a su vez naufragaba, ¿quedaría un solo testigo de la catástrofe?