Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Tal era, pues, nuestra situación a los tres meses de aquella terrible campaña. ¿Podía hablarse aun de William Guy y de sus compañeros, ni de Arthur Pym? ¿No debíamos emplear todos nuestros esfuerzos en nuestra salvación? ¿Era de extrañar que los marineros de la Halbrane se rebelasen al cabo si obedecían a las sugestiones de Hearne, si hacían a sus jefes (a mí sobre todo) responsables de los desastres de semejante expedición? Y ¿qué sucedería entonces, toda vez que, a pesar de la partida de cuatro de ellos, los camaradas del sealing- master habían conservado su superioridad numérica?
Esto era, yo lo vi claramente, lo que también pensaban el capitán Len Guy y Jem West.