Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Tres de los nuestros acababan de perecer...,-¡y de qué manera más horrible! Rogers y Gratián, dos de nuestros más fieles marineros... Yo les habÃa visto tender los brazos al vacÃo..., y hundirse después con la goleta... ¡Y aquel otro de las Falklands, un americano, aplastado al paso, y del que no quedaba más que una masa informe, que yacÃa en un mar de sangre!... ¡Tres nuevas vÃctimas más, desde hacÃa diez dÃas, que inscribir en la necrologÃa de la funesta campaña! ¡Ah, la fortuna, que nos habÃa favorecido hasta el momento en que la Halbrane fue arrancada a su elemento, nos asestaba ahora sus más furiosos golpes! Y de todos, ¿no serÃa el último el golpe mortal?
El silencio fue roto por gran tumulto de gritos de desesperación, que justificaba aquella irremediable desgracia. Más de uno pensaba, sin duda, que hubiese sido preferible hallarse a bordo de la Halbrane, cuando ella rebotaba sobre los flancos del ice-berg. ¡Todo hubiera concluido como para Rogers y Gratián! ¡Aquella expedición insensata hubiera tenido el único desenlace que merecÃan tantas temeridades y tantas imprudencias!
Al fin, el instinto de conservación les arrastró, y a excepción de Hearne, que, separado de los demás, afectaba silencio, sus camaradas gritaron: