Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Ambos, con los brazos extendidos, les amenazaban con sus pistolas. El contramaestre les apuntaba con su fusil. Yo tenía mi carabina dispuesta a echármela a la cara. ¡Fue en vano! Aquellos locos no escuchaban nada, no querían escuchar, y uno de ellos, en el momento en que franqueaba el último bloque, cayó herido por la bala del lugarteniente. Sus manos no pudieron agarrarse al talud y, rodando por los témpanos, desapareció en el abismo.

¿Era aquel el principio de una carnicería? ¿Iban los otros a hacerse matar? Los tripulantes antiguos, ¿se unirían a los nuevos?

Pude notar en este momento que Hardie, Martín Holt, Francis, Burry y Stern dudaban en colocarse a nuestro lado, mientras Hearne, inmóvil a algunos pasos de allí, se guardaba de hacer señal que animase a los rebeldes.

No podíamos dejar a éstos dueños de la canoa, dueños de embarcarse en ella diez o doce; dueños, en fin, de abandonarnos sobre aquel ice-berg, y en imposibilidad de volver a darnos a la mar.

Y, como en el último grado del terror, inconscientes del peligro, sordos a las amenazas, iban a tocar a la embarcación, un segundo tiro, disparado por el contramaestre, alcanzó a uno de los marineros, que cayó muerto con el corazón atravesado.


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