Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-¡Maldita bestia!-me dijo cuando bajó al campamento.¡De buena he escapado! De un golpe... ¡pum!, los cuatro remos al aire, como un caballo que se encabrita... Me he agarrado donde he podido, pero creí llegado el momento en que mis manos iban a largarlo todo...-Por las aristas de hielo se va uno como el agua por entre los dedos. Le he gritado al pájaro: ¿No podías mirar lo que haces? Y ese animal ni siquiera se ha excusado...

El hecho es que el contramaestre había corrido el riesgo de ser precipitado de bloque en bloque hasta la mar. En la tarde de aquel día, nuestros oídos fueron extraordinariamente molestados con los mugidos que subían de abajo. Como hizo observar Hurliguerly, no eran asnos los que tales rebuznos lanzaban, sino pingüinos. Hasta entonces aquellos innumerables huéspedes de las regiones polares no habían juzgado conveniente acompañarnos sobre nuestro islote moviente, y en lo que la vista alcanzaba, ni uno sólo habíamos distinguido, ni al pie del ice-berg, ni sobre los témpanos en derivación. Al presente no cabía duda que estuviesen allí por centenares o millares, pues el concierto se acentuaba con una intensidad que atestiguaba el número de los ejecutantes.



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