Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Aun empleando la atención más minuciosa, no se podía conocer en ningún momento que lugar ocupaba el sol en el horizonte, sobre el que inclinaba poco a poco su marcha espiraliforme. La posición del ice-berg, en longitud y en latitud, no podía ser conocida. Era probable, aunque no cierto, que derivase siempre hacia el Sudeste, o más bien hacia el Noroeste, desde que había pasado el polo. Animado de igual velocidad que la corriente, ¿cómo hubiera podido averiguar el capitán Len Guy su desplazamiento, ahora que los vapores impedían tomar altura? De estar inmóvil, no hubiera habido para nosotros diferencia apreciable; pues el viento había calmado, al menos así lo suponíamos, y no se dejaba sentir ni un soplo. La llama de un farol expuesta al aire, no vacilaba. Gritos de pájaros, debilitados al pasar por aquella atmósfera, interrumpían únicamente el silencio del espacio. Los petrales y albatros rasaban la cúspide sobre la que yo estaba en observación. ¿En qué dirección huían aquellos rápidos voladores, a los que la proximidad del invierno arrojaba tal vez hacia los confines de la Antártida?

Un día en que el contramaestre, con el objeto de observar, había subido a la cúspide, no sin riesgo de romperse la cabeza, un quebranta-huesos, especie de petrel gigantesco de doce pies, le dio un fuerte golpe en el pecho que Hurliguerly cayó de espaldas.


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