Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos extraño, como si nuestra situación fuera a modificarse para mejor o peor, admitiendo que pudiera empeorar. La noche transcurrió sin alarma, y a las seis de la mañana todos salieron fuera a respirar un aire más saludable. El mismo estado meteorológico que la víspera, con brumas de extraordinaria densidad. Se advirtió que el barómetro había subido demasiado aprisa, es cierto, para que la altura, se tomara en serio. La columna marcaba 767 milímetros, el máximum a que había llegado desde que la Halbrane pasó el círculo antártico.
Otros indicios había también que debíamos tener en cuenta.
El viento, que refrescaba-viento del Sur desde que habíamos pasado el polo austral-, no tardó en soplar con violencia brisa de dos rizos, como dicen los marinos. Los ruidos de fuera se oían ya más distintamente al través del espacio barrido por las corrientes atmosféricas. A eso de las nueve el iceberg se descubrió repentinamente de su sombrero de vapores.
¡Indescriptible cambio de decoración, que una varita mágica no hubiera realizado en menos tiempo ni con mayor resultado!