Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En pocos instantes el cielo quedó descubierto hasta los últimos límites del horizonte, y la mar reapareció iluminada por los oblicuos rayos del sol que no la dominaba más que en algunos grados. Tumultuosa resaca bañaba de blanca espuma la base de nuestro ice-berg, que derivaba, juntamente con multitud de montañas flotantes, bajo la doble acción del viento y de la corriente, dirigiéndose hacia el Este-nordeste.
-¡Tierra!...
Este grito fue lanzado desde la cúspide del islote, y a nuestras miradas se mostró Dirk Peters en pie sobre el último bloque y con la mano extendida hacia el Norte. El mestizo no se engañaba. La tierra está vez... ¡Sí! Era la tierra, mostrando a tres o cuatro millas sus alturas lejanas de un tinte negruzco.
El punto obtenido por doble observación a las diez y media dio este resultado:
Latitud, 86º 12’. Sur.
Longitud, 114º 17’ Sur.
El iceberg se encontraba cerca de cuatro grados más allá del polo antártico, y de las longitudes occidentales que nuestra goleta había seguido sobre el itinerario de la Jane habíamos pasado a las longitudes orientales.