Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Efectivamente, si la canoa hubiese podido llevarnos con todas las provisiones para una navegación de cinco a seis semanas, no hubiéramos dudado en tomar pasaje en ella, a fin de picar, gracias al viento del Sur, al través de la mar libre. Pero, puesto que la canoa no era capaz para contener más que once o doce hombres, hubiera sido preciso designarlos a la suerte. Y los que no llevase, ¿no serían condenados a perecer de frío, ya que no de hambre, sobre aquella tierra que el invierno, no tardaría en cubrir con sus escarchas y sus hielos?

En fin, si el iceberg continuaba siguiendo aquella dirección, caminaríamos en condiciones aceptables. Nuestro vehículo de hielo, es verdad, podía faltarnos, hasta dar la vuelta, o caer en una contracorriente que le arrojaría fuera de su itinerario, mientras que la canoa, caminando oblicua al viento cuando éste fuera contrario, hubiera podido conducirnos a nuestro objeto si las tempestades no la asaltaban y si el banco de hielo la ofrecía un paso.

Pero, como acababa de decir Jem West, ¿había por qué discutir esta eventualidad?

Después de comer, la tripulación subió al más alto bloque, sobre el que permanecía Dirk Peters. Al acercarnos, el mestizo descendió por el lado opuesto, y cuando llegué a la cima no pude verlo.


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