Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En aquel sitio, pues, nos encontrábamos todos, menos Endicott, poco amigo de abandonar sus hornillos. La tierra vista al Norte dibujaba sobre una décima parte del horizonte su litoral cubierto de playas y dentellado de cúspides, sus lontananzas limitadas por el perfil bastante accidentado de altas y poco lejanas colinas. Había allí un continente o por lo menos, una isla, cuya extensión debía de ser considerable.
Hacia el Este aquella tierra se prolongaba hasta perderse de vista, y no parecía que su último límite estuviera por aquel lado. Al Oeste, un cabo, bastante agudo, que terminaba en un peñasco, cuya silueta figuraba una enorme cabeza de foca formaba la extremidad. Más allá se extendía el mar. No había uno de nosotros que no se diese cuenta de la situación.
Conseguir acostar en aquella tierra sólo dependía de la corriente, que, o podía llevar al ice-berg hacia un remolino que le arrastrase a la costa, o que podía seguir impulsándolo hacia el Norte.
¿Cuál era la hipótesis más admisible? El capitán Len Guy, el lugarteniente, el contramaestre y yo hablábamos de nuevo del caso, mientras que los tripulantes, en grupos, cambiaban sus impresiones con este motivo. Al fin de cuenta, la corriente tendía más bien hacía la parte Norte de aquella tierra.