Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Tuvimos la misma idea: apoderarnos a cualquier precio de aquella canoa, que tal vez aseguraría nuestra salvación.

¿Pero cómo llegar a ella, cómo traerla a aquel extremo de Halbrane-Land?

La canoa estaba aun a una milla, y en menos de veinte minutos llegaría al través del peñasco, y pasaría de él, pues ningún remolino había al largo, y en otros veinte minutos estaría lejos.

Nosotros permanecíamos allí, contemplando la canoa, que continuaba en derivación sin aproximarse al litoral. Al contrario la corriente tendía a alejarse de él. Repentinamente, al pie del peñasco se abrió el agua como si hubiera caído un cuerpo al mar.

Era Dirk Peters, que, desembarazado de sus vestidos, acababa de precipitarse desde lo alto de una roca, y al que vimos a diez brazadas ya, nadando en dirección a la canoa. Un hurra se escapó de nuestros pechos.

El mestizo volvió un instante la cabeza y de un poderoso golpe saltó-esta es la palabra-al través de las olas, como lo hubiera hecho un marsuino, del que poseía la fuerza y la velocidad. Nunca había yo visto nada semejante; ¡y qué no debía esperarse del vigor de tal hombre!


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