Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos ¿Conseguiría Dirk Peters llegar a la embarcación antes que la corriente la hubiera arrastrado hacia el Nordeste? Si llegaba a ella, ¿conseguiría sin remos conducirla hacia la costa, de la que ella se apartaba, como la mayor parte de los icebergs?
Después de nuestros hurras, lanzados para animar al mestizo, permanecimos inmóviles. Nuestros corazones parecían próximos a romperse. Únicamente el contramaestre gritaba de vez en cuando:
-¡Anda, Dirk, anda!
En algunos minutos el mestizo ganó varias encabladuras en sentido oblicuo hacia la canoa. No se le veía más que la cabeza, como punto negro en la superficie de las olas. Sus dos piernas y sus dos brazos golpeaban metódicamente el agua, y mantenía su velocidad por la acción regular de estos cuatro poderosos propulsores.
Sí. No parecía dudoso que Dirk Peters llegase a la embarcación.
Pero, ¿no sería arrastrado con ella, a menos que-tan prodigiosa era su fuerza-no pudiese, nadando, remolcarla hasta la costa?
-Y después de todo, ¿por qué no ha de haber remos en esa canoa?-hizo observar el contramaestre.
Ya lo veríamos cuando Dirk Peters estuviera a bordo, cosa que era preciso que consiguiera en pocos minutos, pues la canoa no tardaría en pasarle.