Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-En todo caso-dijo Jem West-, vayamos abajo. Si la embarcación llega a tierra, será en la parte baja del peñón.

-¡Bien, bien! ¡Hurra, Dirk, hurra!-gritó el contramaestre, incapaz de contenerse, y al que Endicott hacía formidable eco.

El mestizo había llegado a la canoa; su enorme mano se agarró a ella, y, a riesgo de que se fuera a pique, se izó por la banda, se montó en ésta, y se sentó para tomar aliento. Casi en seguida un sonoro grito lanzado por el mestizo llegó hasta nosotros.

¿Qué había encontrado en el fondo de la canoa? Eran remos, pues la vimos que se instalaba en la proa y remaba en dirección de la ribera con nuevo vigor, a fin de salir de la corriente.

-¡Venid!-dijo el capitán Len Guy.

Cuando hubimos rodeado la base del peñón, corrimos hacia la orilla de la playa por entre las negruzcas piedras de que estaba cubierta.

A 300 o 400 toesas, el lugarteniente hizo que nos detuviéramos. La canoa había encontrado abrigo en una pequeña punta que se proyectaba en aquel sitio, y era evidente que allí aterraría.


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