Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Tal era, pues, la situación, y no parecÃa que nada habrÃa de modificarla, cuando el dÃa 19 de Febrero se produjo un incidente, providencial, dirÃa yo, para los que admiten la intervención de la Providencia en el curso de las cosas humanas. Eran las ocho de la mañana. El tiempo estaba en calma, el cielo bastante claro, el termómetro a 32º Fahrenheit (cero c.) Reunidos en la caverna-menos el contramaestre-esperando el almuerzo que Endicott acababa de preparar, Ãbamos a sentarnos a la mesa, cuando una voz nos llamó desde fuera.
No podÃa ser otra que la de Hurliguerly; y como volviera a llamamos, salimos apresuradamente.
Asà que nos vio, gritó:
-¡Venid, venid!
De pie sobra una roca, al pie de la cresta que terminaba Halbrane-Land, nos mostraba el mar.
-¿Qué hay?-preguntó el capitán Len Guy.
-Una canoa.
-¡Una canoa!-exclamé.
-¿Será la de la Halbrane que vuelva?-preguntó el capitán Len Guy.
-¡No...; no es ella!-respondió Jem West.
Efectivamente, una embarcación, que por su forma y dimensiones no podÃa ser confundida con la de nuestra goleta, derivaba sin remos, como si se hubiera abandonado a la corriente.