Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Probable es que la muerte hubiera puesto término a tanta miseria, a no ser por las siguientes circunstancias. Una mañana, el 22 de Febrero, William Guy y Patterson devorados por la inquietud, hablaban en el orificio de la cavidad que daba al campo. No sabían cómo subvenir a las necesidades de siete personas, reducidas ahora a alimentarse de avellanas únicamente, lo que les producía violentos dolores en la cabeza e intestinos. Veían gran número de tortugas arrastrándose por la ribera, pero no podían apresarlas, pues centenares de indígenas ocupaban las playas yendo, viniendo y lanzando su eterno grito tékéli-li. De pronto, aquella turba pareció presa de extraordinaria agitación. Hombres, mujeres y niños se dispersaron por todas partes. Algunos salvajes se arrojaron en sus canoas como si un terrible peligro les amenazase.
¿Qué sucedía?
William Guy y sus compañeros tuvieron bien pronto la explicación del tumulto que se producía en aquella parte del litoral de la isla.