Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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La Paracuta, había sido cargada con tantos objetos como podía contener sin molestar mucho a los pasajeros: vestidos, mantas, camisas, blusas, pantalones de lana gruesa y capotes impermeables, algunas velas, berlingas, arpeos, remos, bicheros, los instrumentos para hacer el punto, y fusiles, pistolas, carabinas, pólvora y balas. El cargamento se componía de varios barriles de agua dulce, de whisky y de ginebra, de cajas de harina, carne en conserva, legumbres secas y buena reserva de café y de té. Habíase añadido un hornillo y varios sacos de carbón para alimentarle durante algunas semanas. Verdad que si no conseguíamos pasar el banco de hielo, si era preciso invernar en los ice-bergs, como dichos recursos no tardarían en faltar, todos nuestros esfuerzos habían de tender a volver a Halbrane-Land donde el cargamento de la goleta debía asegurar nuestra existencia durante muchos meses aun. 

Y bien: aunque no consiguiéramos lo que queríamos, ¿sería preciso renunciar por eso a toda esperanza? No, y propio es de la humana naturaleza unirse al más débil de sus resplandores. Recordaba lo que Edgard Poe dice del ángel del valiente..., ese genio que preside los acontecimientos de la vida, y cuya función consiste en preparar los accidentes que pueden asombrar, pero que son engendrados por la lógica de los hechos. ¿Por qué no habíamos de ver aparecer a este ángel en la hora suprema?


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