Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Sin duda este aparejo no permitiría por el pronto navegar más de prisa. Pero después, con el viento en la popa hasta alta mar, aquella vela nos imprimiría velocidad suficiente para hacer en cinco semanas, con una media de 30 millas por veinticuatro horas, las 1.000 millas que nos separaban del banco de hielo. Nada excesivo era contar con esta velocidad si la corriente y la brisa continuaban arrastrando la Paracuta, hacia el Nordeste.

Además utilizaríamos los remos cuando el viento no nos favoreciera, y cuatro pares, manejados por ocho hombres, asegurarían aun cierta velocidad a la embarcación. Nada de particular tengo que mencionar durante la semana que siguió a la partida. La brisa no cesó de soplar del Sur. Ninguna contracorriente desfavorable se manifestó entre las riberas del Jane-Sund.

Tanto como era posible, y mientras la costa de Halbrane-Land no se alejara demasiado al Oeste, los dos capitanes pensaban ir a una o dos encabladuras de ella, que nos ofrecería refugio en el caso de que un accidente pusiera nuestra canoa fuera de uso. Verdad es que, ¿qué sería de nosotros en aquella tierra árida al principio del invierno? Más valía no pensar en ello.


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