Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Durante los ocho primeros días, remando cuando la brisa caía, la Paracuta, nada había perdido de la velocidad media, indispensable para tocar al Océano Pacífico en aquel corto lapso de tiempo. El aspecto de la tierra no cambiaba; siempre el mismo suelo infértil, los bloques negruzcos, playas arenosas, sembradas de raras hierbecillas, y alturas abruptas y desnudas en lontananza.

El estrecho arrastraba algunos témpanos, drifts flotantes, packs de 150 a 200 pies de longitud, unos en forma alargada, circulares otros, y también ice-bergs, que nuestra embarcación pasaba sin gran trabajo. Lo que nos producía alguna inquietud era pensar que tal vez estas masas se dirigieran hacia el banco de hielo y cerraran los pasos que en aquella época debían estar francos.

No hay que decir que entre los trece de a bordo la inteligencia era perfecta. No teníamos qua temer la rebelión de un Hearne. A propósito de éste, nos preguntábamos si la suerte había favorecido a los desdichados arrastrados por el sealing-master. ¿Cómo se había efectuado la peligrosa navegación a bordo de su canoa sobrecargada, que el menor ramalazo de la mar pondría en peligro?... Sin embargo, ¡quién sabía si Hearne conseguiría lo que no conseguiríamos nosotros por haber partido diez días más tarde!


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