Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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-¡Eh!-dijo el contramaestre-, esperemos que quedará bastante sitio para nuestra embarcación. Si el estrecho terminara en un callejón sin salida...

-No es de temer-respondió el capitán Len Guy.-Puesto que la corriente se propaga en esta dirección, es que ella encuentra salida hacia el Norte, y, a mi juicio, no tenemos otra cosa que hacer sino seguirla.

Era evidente. La Paracuta no podía tener mejor guía que la corriente. Si, por desgracia, nos hubiera sido contraria, hubiera sido imposible remontarla sin la ayuda de fuerte brisa. Ahora bien: ¿algunos grados más adelante, esta corriente se desviaría hacia el Este o hacia el Oeste, dada la conformación de las costas? Aunque así fuera, al Norte del banco de hielo todo permitía afirmar que aquella parte del Pacífico bañaba las tierras de la Australia, de la Tasmania o de la Nueva Zelanda, y se comprenderá que, tratándose de ser repatriados, lo de menos era que el repatriamiento se efectuara en un sitio o en otro.

Diez días se prolongó nuestra navegación en estas condiciones. La embarcación resistía bien la marcha. Los dos capitanes y Jem West apreciaban su solidez, aunque, lo repito, ningún pedazo de hierro se había empleado en la construcción. No había sido preciso repararla ni una sola vez; verdad que la mar era buena, y apenas agitada por ligero movimiento en la superficie de las olas.


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