Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos ¿Qué faltaba, pues, para que la corriente circulase en torno de ella y la convirtiese en un imán por inducción?
Nada más que una veta metálica, cuyas innumerables espirales, culebreando por las entrañas del suelo, estuviesen subterráneamente unidas en la base del macizo. Pensé también que éste debÃa de estar colocado en el eje magnético como una especie de calamita gigantesca, de donde brotaba el fluido imponderable, y del que las corrientes hacÃan poderoso acumulador, dirigido a los confines del mundo.
En cuanto a determinar si se encontraba precisamente en el polo magnético de las regiones australes, nuestra brújula no podÃa indicarlo, pues no estaba construida para ello. La aguja, agitada o inestable, no marcaba orientación alguna, cosa que, por lo demás, importaba poco para lo que se referÃa a la constitución de aquel imán artificial y a la manera como las nubes y la veta sostenÃan su fuerza atractiva. De este plausible modo, y por instinto, me expliqué el fenómeno.
No era dudoso que estuviéramos cerca de un imán, cuyo poder producÃa aquellos efectos, tan terribles como naturales. Comuniqué mi idea a mis compañeros, a quienes pareció que tal explicación se imponÃa en presencia de los hechos fÃsicos que acabábamos de ser testigos.