Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos -Supongo que no habrá peligro en llegar al pie del macizo-dijo el capitán Len Guy.
-Ninguno-respondí.
-¡Allí...! ¡Sí!... ¡Allí!
No sabría pintar la impresión que nos produjeron estas tres palabras, que fueron lanzadas como tres gritos salidos de las profundidades de ultratumba, que hubiera dicho Edgard Poe.
El que había hablado era Dirk Peters, y el cuerpo del mestizo estaba extendido hacia la esfinge, como si, convertido en hierro, fuera atraído por el imán... Después se lanzó en aquella dirección, y sus compañeros lo siguieron por un suelo cubierto de piedras negruzcas y restos volcánicos de toda especie. El monstruo crecía a medida que nos aproximábamos, sin perder nada de sus formas mitológicas. No sabría pintar el efecto que producía, solitario en la superficie de la planicie inmensa. Hay impresiones que se resisten a la palabra y a la pluma. Y... esto no debía de ser más que alucinación de nuestros sentidos; parecía que íbamos a él atraídos por su poder magnético.
Cuando llegamos a su base, encontramos los diversos objetos de hierro sobre los que había ejercitado su poder. Armas, utensilios, el arpeo de la Paracuta, se adherían a sus flancos. Allí se veían también los que provenían de la canoa de la Halbrane, y los clavos, las hebillas, las panetas de la quilla, los goznes del timón.