Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En primer lugar, algunos días después de la partida de la Tierra dla esfinge, el sol se había al fin ocultado tras el horizonte del Oeste, y no debía reaparecer en todo el invierno. En medio, pues, de la semiobscuridad de la noche austral, la Paracuta prosiguió su monótona navegación. Verdad que frecuentemente aparecían las auroras polares, esos admirables meteoros que Cook y Forster vieron por vez primera en 1773. ¡Que magnificencia en el desarrollo de su arco luminoso, en sus rayos que se ensanchan o recogen caprichosamente, en el resplandor de aquellas opulentas sábanas de luz, que aumentan o disminuyen repentinamente, y convergen hacia el punto del cielo indicado por la línea vertical de la aguja de la brújula! ¡Y qué variedad de formas en los pliegues y repliegues de sus facetas, que se coloran desde el rojo claro al verde esmeralda!
¡Sí! Pero aquello no era el sol; no era astro irremplazable que durante los meses del verano antártico había sin cesar iluminado nuestros horizontes. De la larga noche de los polos se desprende una infidencia moral y física de la que nadie puede librarse, de una impresión funesta y enervante a la que es difícil escapar.