Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Claro es que si la Paracuta cesó de seguirla, es porque la corriente la llevaba al Norte. Cuando se separaba, redondeábase hacia el Nordeste.

Aunque las aguas de aquella parte de la mar estuviesen libres, aun arrastraban, sin embargo, una verdadera flotilla de ice-bergs o ice-fields, éstos semejantes a pedazos de un inmenso vidrio roto, aquellos de extensión superficial o de una altura considerables. De aquí las serias dificultades y también peligros incesantes de una navegación en medio de las sombrías brumas, cuando se trataba de maniobrar a tiempo entre aquellas masas movientes, o para encontrar pasos o evitar que nuestra canoa fuese aplastada como el grano bajo la muela.

Además, actualmente el capitán Len Guy no podía conocer su posición ni en latitud ni en longitud. Ausente el sol, y siendo muy complicados los cálculos por la posición de las estrellas, era imposible tomar altura. Así es que la Paracuta se abandonaba a la acción de la corriente que impulsaba invariablemente al Norte, según, las indicaciones de la brújula. Sin embargo, teniendo en cuenta su velocidad media, había motivo para creer que en el día 27 de Marzo nuestra canoa se encontraba entre los paralelos 68 y 69, es decir, salvo error, solamente a unas setenta millas del círculo antártico.


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