Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Su hijo, que debía acompañarle en aquel viaje, animó a su amigo para que fuese con ellos. Cosa más del gusto de Arthur Pym no podía haberla; pero su familia, su madre sobre todo, nunca se hubiera decidido a dejarle partir. No era esto lo bastante para contener a un mozo emprendedor, poco cuidadoso de someterse a la voluntad paternal. Las instancias de Augusto le abrasaban el cerebro, y resolvió embarcarse secretamente en el Grampus, pues el señor Barnard no le hubiera autorizado para desafiar la prohibición de su familia. Fingió que su amigo lo había invitado a pasar algunos días en su casa de New-Bedfort, despidióse de sus padres y se puso en camino. Cuarenta y ocho horas antes de la partida del brick se deslizó a bordo y ocupó un escondite preparado por Augusto, sin que ni la tripulación ni el señor Barnard supiesen nada. El camarote de Augusto comunicaba por una trampa con la cala del Grampus, llena de barriles, toneles y los mil diversos objetos que forman un cargamento. Por esta trampa Arthur Pym había llegado a su escondite, una sencilla caja, una de cuyas paredes se corría lateralmente. Esta caja contenía colchones, mantas, una cántara con agua, y víveres, galleta, conservas, carnero asado, algunas botellas de cordiales y licores..., tinta también.