Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Arthur Pym, provisto de una linterna, bujías y fósforos, permaneció tres días y tres noches en su escondrijo. Augusto Barnard no pudo ir a visitarle hasta el momento en que el Grampus iba a aparejar.

Una hora después Arthur Pym comenzó a sentir el balanceo del brick. Muy molesto en el fondo de la caja, salió de ella, y guiándose en la obscuridad por una cuerda tendida en la sala hasta la trampa del camarote de su amigo, consiguió orientarse en medio de aquel caos. Después volvió a su caja, comió y se quedó dormido.

Transcurrieron varios días sin que Augusto Barnard volviese. O no había podido bajar a la cala, o no se había atrevido a ello por temor a revelar la presencia de Arthur Pym, e imaginando que aun no era oportuno momento para poner en autos a su padre.

Entretanto, en aquella atmósfera cálida y viciada, Arthur Pym comenzaba a sufrir. Intensas pesadillas turbaban su cerebro. Deliraba. En vano buscaba, al través del amontonamiento de la cala, algún sitio donde respirar más a gusto. En una de estas pesadillas creyó verse entra las garras de un león de los Trópicos, y en el paroxismo del espanto iba a hacerse traición con sus gritos, cuando perdió el conocimiento.


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