Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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La verdad es que no soñaba. No sentía Arthur Pym sobre su pecho un león, pero sí un perro. Tigre, su terranova, que había sido introducido a bordo por Augusto Barnard, sin ser visto por nadie, circunstancia bastante inverosímil-hay que convenir en ello.-En aquel momento el fiel animal, que había podido reunirse a su amo, le lame el rostro y las manos con todas las señales de una extravagante alegría. 

El prisionero tenía, pues, un compañero. Desgraciadamente, mientras le duró el síncope, el compañero se había bebido toda el agua del cántaro, y cuando Pym quiso aplacar la sed que le consumía, no restaba una gota. Su linterna se había apagado, pues el desmayo duró varios días; no encontró ni los fósforos ni las bujías, y resolvió ponerse en contacto con Augusto Barnard. Salió de su escondrijo, y, guiado por la cuerda, llegó hasta la trampa, por más que su debilidad fuera extraordinaria, efecto de la sofocación o inanición. 






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