Esfinge de los hielos

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Pero en el curso de su trayecto, una de las cajas de la sala, desequilibrada por el balanceo, cayó, cerrándole el paso. ¡Qué de esfuerzos empleó en franquear aquel obstáculo y qué inútilmente, puesto que al llegar a la trampa colocada bajo el camarote de Augusto Barnard, no le fue posible levantarla! Al introducir su cuchillo por una de las junturas, sintió que una pesada masa de hierro gravitaba sobre la trampa, como si se hubiera pretendido condenar a ésta. Vióse, pues, forzado a renunciar a su intento, y arrastrándose trabajosamente, volvió a su caja, donde cayó desvanecido, mientras Tigre le colmaba de caricias.

El amo y el perro morían de sed, y cuando Arthur Pym extendía su mano, encontraba a Tigre echado sobre el lomo, con las patas al aire y una ligera erección del pelo. Tactándole así, encontró un bramante arrollado al cuerpo del animal, y sujeto a este bramante una tira de papel que correspondía al lado derecho del perro.

Arthur Pym sentíase en el último grado de la debilidad. Su vida intelectual estaba casi extinguida. No obstante, tras varias infructuosas tentativas para procurarse luz, consiguió frotar el papel con un fósforo, y entonces-no se puede imaginar cuán detalladamente refiere este punto Edgard Poeaparecieron estas terribles palabras, las nueve últimas de una frase que una luz débil esclareció durante un instante: Sangre. Sigue escondido. Te va en ello la vida.


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