Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Imagínese la situación de Arthur Pym, en el fondo de la cala, entre las paredes de la caja, sin luz, sin agua, no teniendo más que ardientes licores para apagar su sed. Y sobre esto, aquella recomendación que permaneciera oculto, precedida de la palabra «sangre », esa palabra suprema, ese rey de las palabras, tan llena de misterio, de sufrimiento, de horror.
¿Había, pues, habido lucha a bordo del Grampus? ¿El brick había sido atacado por los piratas? ¿Se trataba de una rebelión de los tripulantes? ¿Desde cuándo databa aquel estado de cosas?
Se creerá que en lo espantoso de aquella situación el prodigioso poeta ha agotado todos los recursos de sus facultades imaginativas. Nada de esto. Su desbordante genio le ha arrastrado más lejos aun. Efectivamente: Arthur Pym, extendido sobre su colchón, presa de una especie de letargo, oye un silbido singular, un soplo continuo. Es el Tigre que palpita; el Tigre, cuyos ojos brillan en la sombra; el Tigre, cuyos dientes castañetea; el Tigre, que está rabioso. En el colmo del espanto, Arthur Pym recobra bastante fuerza para escapar a los mordiscos del animal, que se ha precipitado sobre él. Después de envolverse en una manta que desgarran los blancos dientes del perro, se lanza fuera de la caja, cuyo puerta se cierra sobre el Tigre, que se agita entre las paredes.