Familia sin nombre
Familia sin nombre En la época en que principia esta historia, el dueño de la villa de Montcalm tenía cuarenta y siete años. Sus cabellos grises le hacían parecer tal vez de más edad; pero su mirada vivísima, sus ojos de un azul oscuro y muy brillante, su estatura más que mediana, su robusta constitución, que le aseguraba una salud a toda prueba, su fisonomía simpática y llena de agrado, y su porte noble, sin altanería, hacían de él el tipo por excelencia del gentilhombre francés. Representaba el verdadero descendiente de aquella audaz nobleza que atravesó el Atlántico en el siglo XVIII; el hijo de los fundadoras de la más hermosa de las colonias ultramarinas, que la odiosa indiferencia de Luis XV abandonó a las exigencias de la Gran Bretaña.
Clary de Vaudreuil.
El señor de Vaudreuil era viudo hacía unos diez años.
La muerte de su esposa, a quien amaba sinceramente, dejó en su vida un gran vacío, concentrando entonces toda su afección en su hija única, en la que revivía el alma valiente y generosa de la que le había dado el ser.